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Heriberto

         La catedral lírica de Heriberto

           Eduardo González Bonachea

 

    El poeta Heriberto Hernández Medina nació en Camajuaní en el año 1964 y murió de forma inesperada en Miami este año 2012. Tuvo una esmerada educación, lecturas organizadas, casi un curso délfico, lo que evitó lagunas culturales tan frecuentes en poetas jóvenes de hoy. Ya en la secundaria escribió sus primeros poemas, iniciándose una etapa de poesía rimada que comprendía cuartetas, redondillas, sonetos y décimas de una factura cultista poco común para la época, parecidas a las de Paradiso, como recuerda su profesora de literatura Laura Rodrigues.

      Después siguió el camino del versolibrismo, uniéndose a la llamada generación villaclareña de los años ochenta, la cual estaba constituida por los poetas Sigfredo Ariel, Arístides Vega, Joaquín Cabezas y Pedro Llanes entre otros. Esta generación se caracterizaba en sus inicios por una profunda reacción anticoloquial. En esa etapa Heriberto estudia arquitectura en la Universidad Central y empieza su primer libro, pero la mayoría de su obra escrita en Cuba la hizo en la ciudad de Matanzas, a donde se trasladó por motivos de trabajo.

      A la manera de los pisos de una catedral barroca, el arquitecto que era construía sus cuadernos de poesía. Así podemos ver los libros que integran su trilogía compuesta por La patria del espejo (Ediciones Matanzas), Discurso en la montaña de los muertos, (premio David 1989, Ediciones Unión), y por último Los frutos del vacío (Ediciones Matanzas).

     Analizando el primer libro de este entramado, La patria del espejo, nos encontramos con una poesía muy depurada, cincelada diría yo, con un preciosismo de formas que elige el verso largo, cadencioso, provocador y ambiguo en ocasiones. Hay marcadas referencias al mundo de los mitos y la cultura, asimiladas de tal forma que incluyen una visión retórica de las múltiples miradas o de los otros espejos tan caros a Borges y a Lezama, con quienes intenta saldar deudas antiguas. Se impone desde siempre un juego donde la forma alarga el contenido, donde la imagen se regodea, se sobredimensiona buscando sonoridades, metáforas novedosas y aliteraciones. Los matices reflejan las posibilidades del hecho lírico:

Tendrás muy bellas piernas

si aprietas el pez contra tu pecho…,

tendrías que abrazarlo antes que amanezca…

tendrías muy bellas piernas, yo miraré bajo la mesa p87].

Aunque al final

no ha de faltar el pescador con su sangrante herida,

el pez para bebernos la amargura y el vino [p.88).

      El divertimento de élite como arpa de dioses se disfruta en «Fabula del delfín y la sombra del pájaro», lo más importante es lo bello: «la verdad no es el vuelo del pájaro, es el plumaje» [p.89].

       En La patria del espejo se va transcribiendo detalladamente una historia que se cuenta y se esfuma… «los copistas… lanzan los pergaminos que el viento va borrando / por qué tantas historias, si solo el viento sabe» [p.91)

     Y la reminiscencia lezamiana en el verso «Andrómaca luz tejedora del tiempo» [p. 93], concluyendo con un intermedio que más que rehuir, añade la sentencia: «ella es la verdad, nuestra verdad en el espejo» [p. 93].

Regreso al mito agridulce, patria de la poesía:

yo recorría el laberinto azul de la tristeza,

penetraba la música como un dardo en la espuma [p. 94].

      Los vocablos se escogen en función del ritmo para un acompañamiento escalonado, tenue, en gotas… «es el caer del agua. Sus flores líquidas, sus cursivos olores» [p.95], porque «es el tiempo quien niega y el hombre nada puede sin la sombra del árbol» [p. 96].

    Discurso en la montaña de los muertos es la alegoría de una ciudad que emerge y se desvanece, reaparece el cántico, llegando a lo salmódico, sin que sea centro la alabanza típica de la poesía de Saint-John Perse, que si le ofrece una influencia fundadora a la voz o voces que hablan y ordenan desde lo alto:

duerme ciudad, solo dormida

puede verse la paz que hay en la muerte [p. 99].

      La conversación en lo oscuro, soluciones impredecibles a veces en un gesto, hechos que narran el espacio posible de estos muertos o vivos que todavía pueden darse el lujo de eliminar los malos recuerdos y recomenzar.

Han comenzado a repartir a partes el té amargo

y los pedazos de limón cortados

con el filoso ademán de la tristeza.

Han comenzado a cortar en dos la ausencia,

pero la muchacha no quiere recordar que un día estuvo acompañada,

que un día la soledad fue un mal dibujo [p.98].

   Este cuaderno no evita las letanías de palabras precisas y bellas en su acompañamiento sonoro; todo eso da paso a una pintura excelente y detallada donde están las bestias, los arreos, los desfiladeros, la sal, la pimienta el viejo rey y su espada, el fantasma de la calle Heredia, Lucy in the sky y hasta la sombra de Edith Piaf coincidiendo en un azar plástico, ordenado, para que suceda «la música que se despeña del alma» [p.103 ].

       La catedral se termina con Los frutos del vacío. Este libro es una suerte de antiepifanía, himno escéptico del bardo por lo que ha nacido, y lo canta con un dolor, con una amargura que alcanza un lirismo de altísimos quilates.

Muerde el vacío su profunda oquedad,

su saciedad de sitio inexplorado.

Triste isla solo en la noche la noche tiene un nombre

similar al sonido,

el árbol florecido maldecirá sus frutos.

Madurará la duda, los frutos del vacío [p.110].

       El discurso parece contenido en su superficie, pero tenso e intenso en la profundidad. Ha madurado la desidia, el rencor. Las imágenes se entrelazan en versos largos y pausados como si el símbolo llevara la cadencia, de lo universal a lo raigalmente cubano. La opulencia sensorial de las imágenes contrasta con la negación, el desencanto, la tesis de la cosecha final sin frutos:

El fruto que ha de negar la rama endeble

y el árbol muerto que ofrece

las maldecidas flores de su sangre [p. ( 111].

       Hasta aquí estos apuntes, una modesta lectura de las infinitas posibles. Tocará al lector seguir las huellas, rencontrar el misterio que guardan estos cantos que son la propia esencia de la poesía.

 Nota:  Las citas de los versos fueron tomadas del libro De transparencia en transparencia, antología poética donde se recoge una selección de poemas de estos tres libros de Heriberto Hernandez, Letras Cubanas, 1993, selección y prólogo de Nidia Lajardo Ledea

 

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